Esta notable obra de Ramón Lapayese destaca por varios detalles que se mencionarán a continuación.
Fundida en bronce en 1964, sus antecedentes se remontan a 1962 o 1963. Con medidas de tamaño natural, es una obra llena de vida, y sobrecogen la expresividad y la fuerza imponentes que ofrece el conjunto.
Es una obra religiosa, pero no devota, es decir, no invita al recogimiento y oración del creyente – aunque un creyente probablemente rece en cualquier momento y lugar – sino al contrario, es contemplativa para el gran público, y muestra el sufrimiento de Jesús de Nazareth cuando acepta su destino, por el que su condición divina en su cuerpo de hombre le ha conducido a ser sacrificado y muerto. Lo recoge el pasaje bíblico:
Mateo 26:36-41
(Fuente: Wikipedia)
La figura humana, de grandes dimensiones y acusada estilización, se aferra a un tronco de árbol, para sostenerse del padecimiento y desesperación que está atravesando en el momento. También está notablemente exagerada, con sus poderosos brazos, el izquierdo pegado al cuerpo y una gran mano a lo largo del muslo, y el brazo derecho hacia arriba, con gran tensión, su mano aferrada al árbol para no caer, tal es la intensidad del sufrimiento.
El gran conjunto, de medidas 280 x 75 x 62 cm, es una muestra fenomenal del expresionismo más dramático que el autor quiere conferir a esta pieza, y no ahorra detalles para el disfrute y, de algún modo, el estremecimiento por la intensidad del momento. La angustia del personaje protagoniza la visualización y deja con asombro e inquietud al espectador.
Antecedentes
Ramón Lapayese modela al menos un boceto, del que quedan dos fotos, con anterioridad a la realización de la obra definitiva. Se trata de una pequeña escultura en arcilla y después vaciada en yeso, de medidas desconocidas, aunque lo más probable de una altura de 50 cm, contando con su parte más extrema, que es el árbol al que está asido la figura humana. Lógicamente este boceto servirá al autor para considerar las proporciones globales y llevar a cabo su escalado hasta la ampliación en sus dimensiones posteriores. Esto le permitió escalar el boceto en 6 veces, que nos da, en números redondos, una distancia de 3 metros, la altura final de la obra. La rama más alta sólo tiene una diferencia de 20 cm respecto a las proporciones originales.
Tras el boceto en volumen realizó un boceto a bolígrafo sobre papel que se asemeja mucho más a la obra definitiva.
Montaje de la escultura para fundir en bronce
Recogió el tronco de un árbol caído en un olivar de la población castellano-manchega de Mora de Toledo y lo incorporó a la escultura, en la fase de crear la estructura interior y modelar el personaje en arcilla. De nuevo nos hallamos aquí con el reciclado de materiales que es típico en la producción escultórica de Ramón Lapayese en estos años. El personaje lo adaptó proporcionalmente a la altura del tronco, para dejarlo en su longitud adecuada.
En este momento de modelado, el personaje de Jesús va a tener un acabado distinto y más elaborado que el boceto original, y así vemos que, en particular, la mano izquierda va a quedar pegada al muslo, y el ropaje va a contar con multitud de detalles en la textura de la tela. Igualmente, en el cuerpo, el artista destacará las costillas y creará un bulto a la espalda, donde se arrebuja la tela que cae desde el brazo elevado. El modelado incluye una texturización exagerada de la materia, que dota de gran movimiento interior a la figura, con su ropaje de violentas arrugas, y lo contrasta de algún modo con el tronco del árbol cuya corteza también está texturizada, aunque con menor relieve que la figura humana. No pierda de vista que se trataba de un tronco de árbol natural, de modo que el material aportado recoge exactamente la textura vegetal original.
Tras el acabado, el modelo en arcilla quedó listo para el vaciado en yeso y crear el molde, donde se incorporaron los bebederos por donde pasa el bronce fundido -en estado líquido. Estos bebederos pueden observarse en la primera foto de esta entrada, realizada nada más desmoldar la escultura. Para el acabado final, estos bebederos se eliminaron, quedando en su lugar una especie de muñón en esa parte del tronco del olivo. Esto se aprecia en las fotos a continuación.
La escultura finalizada
La escultura terminada e instalada, con diversos planos y detalles del acabado. La pátina verde tiene distinta tonalidad: en estas fotos de 2024, la obra ha estado a la intemperie 60 años y, con el efecto de los elementos meteorológicos, ha generado cardenillo.
La ausencia de bruñido es la voluntad del artista, que en aquellos momentos dejaba acabados brutos, sin pulimentar. Como se aprecia en el detalle, asemeja suciedad o tierra, pero este material no se puede retirar del metal mediante lavado. Esta pátina queda apelmazada en ocasiones, al quedar pegada al bronce, aún caliente, tras la fundición.
Elogios de la crítica en la prensa escrita

La Prensa recoge la presentación de esta obra en la Exposición Nacional de Escultura y Dibujo de 1964. En dos ejemplares distintos entre mayo y junio, el Diario ABC de Madrid le dedica dos fotos interiores de gran tamaño.
El 11 de junio, el crítico de arte de ABC Santiago Arbós Ballesté comenta, en la sección Arte y Artistas: […] La segunda escultura del Palacio de Velázquez es obra de Ramón Lapayese, una desgarradora a la par que amorosa imagen expresionista concebida y resuelta con evidente fortuna. […]
En el semanario la Hoja del Lunes del 2 de marzo, el crítico Manuel Sánchez Camargo escribe: «[…] Ramón Lapayese ya se ha incorporado a la lista de nuestra mejor escultura actual, con ritmo y personalidad, que es lo más difícil en tiempos de casi obligados mimetismos. Y crear con independencia, forma y volumen, en el espacio propio, y con el acierto presente, lo ha alcanzado este escultor, que revalida y justifica los numerosos premios […]».
Y una réplica en pintura
Veinte años más tarde de la obra en bronce, Ramón Lapayese revisita la escena del huerto de Getsemaní con una pintura al óleo de gran formato, sobre tablex o madera aglomerada. Aunque no contamos con las medidas exactas, éstas pudieran ser de 180 x 80 cm o, tal vez 210 x 90 cm.
En esta ocasión no realiza una réplica exacta llevada al óleo, sino una reinterpretación de la escena. Jesús está cubierto por un manto rojo que también cae por su espalda como en el original, creando un bulto tras el cuello. La mano derecha que atrapa la rama del árbol lo hace desde dentro hacia afuera, al contrario de la figura original. Su mano izquierda cae a lo largo del cuerpo, en gesto similar al bronce, y el tronco del árbol es distinto en el tipo de ramas que se muestran.
Esta pintura es de los años 1986 o 1987, realizada durante el periodo americano, en la última década de vida del autor.